miércoles, 21 de enero de 2026

 

CRÓNICA: LA CAPTURA DE ABIMAEL GUZMÁN

 Sábado 12 de setiembre de 1992: El GEIN captura al líder senderista Abimael Guzmán Reynoso

“¡Ha caído el Cachetón! ¡Repito, ha caído el Cachetón!”

El presidente Gonzalo y otros miembros de Sendero son detenidos en una casa en Surquillo


(Fuente: Andina)

Por Alejandro Parró

Son las 7 p.m. del 12 de setiembre del año 1992. Fecha que culminará con la captura del temible líder senderista Abimael Guzmán Reynoso. Tan solo unos años antes, el agroexportador Luis Barragán Salinas presenciaba un acto terrorista a manos de Sendero. Estaba visitando un fundo en Cañete cuando le alertaron que las huestes terroristas habían parado en el lugar. Él, junto a unos amigos, fueron inmediatamente a refugiarse a una bodega de un restaurante de un pueblo cercano. Aún lo recuerda como si fuese ayer. Un grupo del comando del presidente Gonzalo pasó por ahí y entró a llevarse bebidas alcohólicas, cigarrillos y galletas. Barragán pensaba: “Menos mal hay tierras por todos lados”. Pasaron cuatro horas antes de que los terroristas se vayan, cuando este recién pudo dejar el lugar. 

Algo parecido le sucedió a un primo suyo antes del 92´. Al parecer, aquel presidía una entidad bancaria por ese entonces. Un día, decidió parar junto a su esposa y 3 hijos (entre ellos una menor de tan solo unos meses de nacida) a comer al Kentucky de la Av. Arequipa en el distrito de Miraflores. Tras pagar en caja y recibir su pedido, se sentaron en una mesa. Luego de unos minutos, el primo de Barragán ingresó al baño a lavarse las manos y se sorprendió al escuchar a alguien que solo profería malas palabras. Aquello le pareció extraño. Tras salir, no se esperó lo que iría a observar. Los terroristas estaban sacando a la gente del local de forma agresiva. De pronto, uno de ellos lo miró y lo apuntó con una pistola. En ese preciso instante, aquel pensó que le “había llegado la hora”. Por suerte, el senderista solo lo botaría a empellones junto a su familia. Pero ahí no quedó todo. Una vez en el auto, vendría lo peor. El local explotó. Las esquirlas salieron disparadas y un par alcanzaron a sus hijos. Terrible.

Otro señor, por el nombre de Augusto Marañón García, empresario de Lima que se dedicaba a la importación de mercancías diversas, recuerda también lo que presenciaron sus ojos años antes de esta fecha simbólica. Comentaría que, antes de “Tarata”, la cual describe como “el evento más grotesco de esta insania”, quedaría en su recuerdo la bomba detonada en el Colegio Champagnat. Al parecer, el sitio de la explosión se encontraba a media cuadra de su oficina en la Av. Pardo en Miraflores. "Fue traumático" nos dice, despertarse con la noticia de este evento escalofriante. También rememora la segunda bomba detonada en la Av. Javier Prado a dos cuadras de la Av. Arequipa. Marañón, conocido entre sus amigos como "Tito", tenía cinco camionetas nuevas recién importadas cerca a la locación dónde esta segunda bomba estalló. Refiere que a estas les cayó innumerables vidrios en el techo y demás partes de la carrocería. Así es como, en sus palabras, Sendero perpetraba el terror en la ciudad de Lima años antes de la captura de Guzmán.

Sin embargo, la fecha esperada por los peruanos en que este temible monstruo sea esposado llegaría. Ocurrió una noche de aires fríos décadas atrás. Vayamos al relato. Los agentes del GEIN y presuntos enamorados, Ana Cecilia Garzón (“Gaviota”) y Julio Becerra (“Ardilla”), esperan la orden para dar inicio a la “Operación Victoria”. Han sido informados por los comandantes del GEIN que vigilen una tienda ubicada al lado de la casa de la calle Varsovia 459, del barrio de los Sauces en el distrito de Surquillo, donde viven los senderistas Carlos Incháustegui y Maritza Garrido Lecca. Su misión es clara: evitar que la puerta de la casa se cierre una vez que los de Sendero hayan despedido a sus invitados. Minutos antes, ha ingresado un sujeto joven acompañado de una mujer que va a practicar ballet. Se trata del compositor Celso Garrido Lecca, tío de Maritza, quien acompañado de su pareja Patricia Awapara desconoce lo que sucede por esos días en esa casa.

Ardilla y Gaviota saben que deben permanecer tranquilos para no alertar a los vecinos y evitar que el plan se venga abajo. No se debe despertar ninguna sospecha. Ambos, acaban de comprar una gaseosa de 50 céntimos y un chizito. En esta historia, el tiempo pasa lentamente y, para la pareja antes mencionada, estas son las cuatro horas más largas de sus vidas. A su vez, escondidos cerca de la propiedad, se encuentran 14 efectivos armados con revólveres y pistolas Star, preparados para ayudar en la misión. A estos se les suman cuatro agentes que esperan a bordo de sus vehículos, listos para realizar funciones de seguridad y apoyo. 

Una vez que la acción comience, el primer grupo de agentes deberá resguardar la primera planta de la casa, el segundo grupo la segunda, mientras que el tercero se encargará de la azotea. Los altos directivos de la operación les han dicho que utilicen sus armas solo de ser necesario. Todos parecen entender que la mejor arma es la oportunidad y sorpresa en esta ocasión. Gaviota cuenta con una radio en la cartera. Por ratos, se comunica con los otros agentes que vigilan las cercanías. A eso de las 8 p.m. finalmente, se abre la puerta. Los invitados salen uno por uno. Gaviota y Ardilla intercambian miradas y pronuncian las siguientes palabras: “Llegó el momento”. Mientras se acercan a la propiedad, un agente que vigila la escena desde un domicilio cercano grita por la radio: “¡Se abrió la puerta y están entrando los enamorados!”. Tras ingresar, los dos agentes antes mencionados desenfundan sus armas y, tras señalar que son policías, vociferan: “¡Nadie se mueva!”. 

De pronto, Incháustegui se abalanza sobre Ardilla buscando quitarle el arma, pero Gaviota pega un tiro al aire y paraliza su acción. El disparo sirve como señal para que los agentes que vienen detrás entren a la propiedad. Una vez con los intervenidos en el suelo, Ardilla comienza a inspeccionar la vivienda. A su vez, el segundo grupo de policías decide subir al segundo piso, pero chocan con una puerta. Rápidamente la derriban y, mientras esta cae, presencian que una mujer de ropa azul parte a correr. Un agente rápidamente la sujeta fuertemente y le dice: “No te muevas. No te va a pasar nada.”. Es la camarada Maritza.

Durante este trance, Ardilla ha observado en el primer descanso de la escalera a otra mujer que ha corrido a esconderse al segundo piso. Decide seguirla y entra a otra habitación. Ahí, no puede creer lo que observa: Guzmán Reynoso se encuentra sentado en un escritorio sin omitir palabra alguna. Ardilla lo mira y pronuncia una frase para la historia: “Si te mueves te mato”. Tras esto, saca su radio y comunica “¡Positivo para el Cachetón!”. Ante esta acción, los demás agentes que se encuentran en la casa vociferan: “¡Tenemos al Cachetón! ¡Repito, tenemos al Cachetón!”. 

En aquel instante, los detectives del GEIN esposan a Incháustegui, el cual derrotado solloza a uno de ellos: “¡Mátame! ¡Mátame! ¡Cayó preso Abimael!”. A su vez, en las centrales del GEIN, se escuchan las siguientes palabras gritadas al unísono: 

-¡Ha caído el Cachetón! ¡Ha caído el Cachetón!

El mensaje ya ha sido comunicado a los altos mandos. Los oficiales saltan de sus asientos y se abrazan efusivamente. En eso, un fiscal ingresa a la sala y pregunta a todos que está ocurriendo. No entiende por qué tanto griterío. Todos les responden que “Gonzalo” ha sido capturado. Intrigado, el fiscal vuelve a preguntar: "¿Y quién diablos es Gonzalo?". Se trata de un defensor de justicia que desconoce el seudónimo del criminal más buscado del país. En la casa de "Los Sauces", la cabeza de Sendero se encuentra estático en su asiento. No atina a nada. Sin embargo, después de unos segundos respira y dice:

-Nosotros no tenemos armas.

Tras esto, el comandante Marco Miyashiro, jefe del GEIN, le dice:

-Soy el comandante Marco Miyashiro. Ha tenido el honor y la suerte de caer en manos del GEIN. Su vida y la de todas las personas en esta casa están garantizadas.

“Gonzalo” le observa y responde:

-Ah, ustedes son del GEIN. Somos sus detenidos.

Mientras pronuncia estas palabras, otra mujer, la camarada Zambrano Padilla, quien estuvo encarcelada unos meses antes, comienza a gritar histéricamente. Guzmán rápidamente la mira y le dice:

-No sigas gritando. Ellos no nos van a hacer daño.

Ante estas palabras, la camarada “Meche”, quien ya va por los cuarenta años, se calla. En ese momento, uno de los agentes más jóvenes mira al detenido y le dice a Miyashiro:

-Siempre soñé con este día. Le pondré las esposas.

Ante esto, el cabecilla senderista ha optado por cruzar sus brazos, dando a entender que no lo permitirá. El jefe del grupo policial, quien observa esta acción, se dirige al joven y le dice:

-No lo hagas. Déjalo. No vale la pena. Es tan solo un tigre de papel. 

En ese momento, algunos agentes del GEIN han salido a las calles a dar la noticia a sus colegas, quienes se quedaron vigilando como parte del operativo. Pero esto ya no es necesario. Todos han escuchado por las radios y, apenas se ven, se felicitan y se persignan. Ha sido una noche llena de suspenso, de acción, y felizmente todas las fuerzas policiales se encuentran a salvo. La operación “Victoria” ha concluido de manera exitosa.

El día de mañana, el agroexportador Luis Barragán Salinas prenderá su televisor y escuchará las noticias aliviado. También lo hará el empresario “Tito” Marañón mientras maneja. Se acordará de su amigo Don Manuel Santana, prefecto de la ciudad de Ica, quien sería asesinado cobardemente por la espalda a media cuadra de su casa años atrás. Tras esa noche, el criminal más buscado del país se sentará a dormir por fin detrás de rejas de las que nunca más podrá escapar. Finalmente, se cierra un capítulo sangriento en la historia del Perú. Gloria eterna para el GEIN y los miles de policías que dieron su vida en la lucha contra Sendero. Los peruanos estamos en deuda con todos ellos. ¡Viva la justicia! ¡Viva el Perú!


Bibliografía:

(1996) La verdadera historia de la captura del Siglo. La República. Recuperado de: https://www1.udel.edu/leipzig/texts1/ES120996.htm

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